Cómo gestionar una desobediencia de tu hijo sin perder la calma

¿Cuándo fue la última vez que dijiste: «porque lo digo yo»? En ocasiones, los padres recurrimos a esta expresión cuando nuestros hijos inician una batalla que no tenemos ganas de emprender. Pero, realmente, somos conscientes de lo que puede suponer decirlo:

  1. Les estamos amenazando con un castigo si no obedecen.
  2. No pueden opinar o decidir.
  3. Imponemos nuestra autoridad.

¿Podemos imponer nuestra autoridad?

Desde luego, debemos poner límites y aclarar que somos nosotros los que los ponemos, al igual que ponemos las normas pero sin caer en el autoritarismo.

Hay que trabajar los mensajes que marcan los límites, antes de darlos, para expresarlos de forma razonable y lógica. Siempre debemos explicar las razones que tienen para hacerlo y decirlo con cariño y respeto.

Todo con sentido común y en su justa medida es educativo.

Muchas veces esos límites no son negociables: quitarse el abrigo si está nevando y están resfriados o no ducharse durante varios días… En estos casos, deben entender lo importante que es para ellos que obedezcan esos límites.

Hay niños a los que les cuesta más cumplir las normas, tolerar la frustración y siempre quieren tener ellos la razón. Se sienten cómodos creando el conflicto y desobedeciendo. En estos casos, este tipo de conductos son las que nos llevan, a menudo, a los padres a equivocarnos con actitudes como: «Porque lo digo yo».

Detrás de una desobediencia, hay una llamada de atención

En primer lugar, nuestra actitud debe ser la de averiguar que hay detrás de la desobediencia de nuestro hijo, de su conducta desafiante. Normalmente suele haber varios factores implicados en esos comportamientos: celos, necesidad de llamar la atención, bullying… A veces, los hijos expresan la rabia que les provocan estas situaciones con conductas desafiantes.

Cuando nos cuesta hacer que cumplan las normas,  su desobediencia nos llevará a menudo al extremo y ahí deberíamos mantenernos firmes y constantes, pero sin perder las formas.

¿Lo estoy haciendo mal?

No tenemos que sentirnos culpables, sino que tenemos que asumir responsabilidades: ¿conocemos bien a nuestro hijo?¿le dedicamos el tiempo que necesita?¿cómo es nuestro estilo educativo? y ¿nuestra de disponibilidad emocional?

¿Qué se puede hacer?

  1. Empezar a educarles desde pequeños: los niños aprenden siempre, su capacidad de observación es enorme, desde muy pequeños.
  2. La frustración: ayúdales a tolerarla. En la vida tendrán que tolerar lo que no les gusta o que hay cosas que no salen como ellos quieren. Aprenderán a tolerar la frustración mediante la experimentación no debemos permitir que eso ocurra sin sobreprotegerles o consintiendo todo tipo de conductas.
  3. Aprender a manejar las emociones que se generan con la frustración: expresarlas de la forma adecuada y saber qué hacer con ellas, cuando surjan. Normalmente suele ser la rabia, una de las emociones más frecuente y nosotros podemos ayudarles a controlarla y a manejarla.
  4. Poner límites claros y hacerlos cumplir a través de la motivación. Debemos intentar que entiendan las consecuencias naturales de sus actos y ofrecer consecuencias positivas a su buen comportamiento.
  5. Debemos ser consecuentes y perseverantes. No se puede permitir una conducta hoy y mañana otra. No se puede educar según me sienta yo  cada día.
  6. Elige bien las batallas. No podemos tolerar lo intolerable, muchas veces  lo damos todo en pelear batallas sin importancia. Deja pasar lo intrascendente.

La maternidad es un cambio dinámico en el que poco a poco vamos aprendiendo. Muchas veces necesitamos pautas y herramientas que nos permitan entender mejor a nuestros hijos, a ayudarles a gestionar sus emociones. Cuidar la salud psicoemocional de nuestros hijos y la nuestra propia es esencial para su desarrollo. Si crees que lo necesitas, pide ayuda a un profesional.

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