Los gritos: ¿por qué dañan la autoestima?

Los gritos no producen ningún daño físico en los hijos, sin embargo lo que decimos y la forma en la que lo decimos sí  puede provocar en nuestros hijos una serie de consecuencias negativas a nivel emocional.

¿Tú crees que esto es una exageración?. Es normal que, a veces, perdamos  los nervios y que, en alguna ocasión, subamos el tono más de la cuenta porque queremos que nos escuchen, pero pongámonos en su lugar. Imaginemos que nos están gritando a nosotros, cómo nos sentimos y cómo nos hace sentir el otro con su forma de hablar. ¿Acaso no preferimos que nos hablen en un tono normal y no en un tono que nos humilla?

La forma en que decimos las cosas puede expresar y contener agresividad e implica, por ello, nuestro profundo rechazo

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El grito: un daño a la autoestima 

Nuestros hijos están sujetos, cada día, a muchas situaciones diferentes al igual que nosotros. Muchos días se sentirán cansados, los deberes se les harán muy cuesta arriba, estarán hartos de no tener tiempo libre, de no poder compartir tiempo con sus padres, habrán discutido con alguno de sus amigos o alguien habrá dicho o hecho algo que les ha hecho daño…

También nosotros pasamos por muchos estados emocionales a lo largo del día, pero cuando llegamos a casa no podemos perder de vista que tenemos delante seres que se están formando y para los que somos un referente.

Podemos pensar: «¡Bueno, hoy les he gritado pero no tiene importancia. Total no tienen ningún problema y mañana se les habrá olvidado!». Pero ellos no es así como lo reciben, ellos reciben junto con esos gritos toda la carga de agresividad y de rechazo.

¿Esto que quiere decir? Esto quiere decir que nuestras emociones: esa rabia, malestar o rechazo que podemos sentir en un momento determinado, hay que aprender a gestionarlos de otra manera.

Es muy frecuente que el grito no vaya solo y vaya acompañado con amenazas o con castigos, incluso con medidas de presión. Todo esto conlleva daños en la autoestima de los hijos y en la imagen que tienen de sí mismos.

¿Quieres acabar con una educación con gritos?

¿Por qué gritamos?

  • Hemos perdido los nervios.
  • Nos hemos dejado llevar por una emoción fuerte en una situación de tensión o de estrés que controlarse.
  • Es más fácil gritar que no gritar.
  • El grito surge de forma automática como una respuesta a una situación que estamos viviendo en ese momento, que bien nos incomoda, nos produce temor, rechazo o nos bloquea.
  • Creemos que gritar nos da más autoridad, nos posiciona por encima de nuestros hijos que son los que tienen que obedecer a la fuerza.
  • Pensamos que los gritos hacen que nuestros hijos entiendan quien tiene la última palabra y quien manda.

Una situación muy común entre padres e hijos:

«¡Les he dicho 20 veces que recojan su habitación y no hacen caso, están discutiendo y no paran de hacer ruido! Todo ello me ha llevado a gritar para imponer.

¿Qué consecuencias tiene los gritos?

  • Minan la autoestima.
  • Dañan la imagen de uno mismo.
  • Les enseñamos a actuar en circunstancias de presión de la misma manera.
  • Provocamos un ambiente de estrés y de tensión muy desagradable en casa.
  • Empeora la resolución de los problemas.
  • Hacen que los padres se sientan incómodos después, ya que les han dejado claro que han perdido el control.
  • Dejamos a un lado el ambiente amable amistoso y relajado que debe haber en nuestro hogar.
  • Nuestros hijos utilizarán el grito para defender lo que opinan, ante otras personas, en situaciones difíciles.
  • El grito duele y perjudica a los niños.

Tenemos que tener en cuenta qué tal vez a nosotros nos hayan educado a través del grito o del castigo y eso nos hace más propensos a perpetuar esos recursos con nuestros hijos. Somos humanos y tener una respuesta descontrolada de forma esporádica nos debe llevar a pedir disculpas cuando ocurra.

por-que-gritamos-a-nuestros-hijos¿Qué alternativas nos pueden ayudar para no gritar a nuestros hijos?

Para poder llevar a cabo cualquier alternativa que nos lleve a evitar el grito tenemos que tener claro algunos conceptos que debemos trabajar:

  • La paciencia.
  • La impulsividad.
  • La empatía.
  • El control de las emociones.
  • No perder de vista el respeto.
  • Tampoco debemos sentirnos culpables y castigarnos a nosotros mismos por el hecho de que en alguna ocasión ocurra de forma esporádica. Ser conscientes de ello hará que la próxima vez nos concedamos el tiempo necesario para respirar y buscar otras alternativas.
  • Mantener la calma y respirar hondo.
  • Posponer la conversación pendiente hasta que estemos más tranquilos. Y esto no quiere decir que no vayamos a decirles lo que pensamos acerca de sus conductas, sino que lo haremos en otro momento y desde la calma.
  • No olvidar la intención de educar a nuestros hijos desde la calma, desde el amor y desde el respeto.
  • Dar nuestros mensajes de forma más positiva. Esto hará que nuestros hijos lo reciban de otra manera y con ello iremos afianzando su confianza con nosotros, ya que les demostraremos que podemos escucharles y ayudarles a entender sus propias conductas para que ellos sean los que vayan sacando sus conclusiones. Y es que explicar las cosas con mensajes positivos, breves y claros desde el cariño, la empatía y la comprensión son la base para una educación positiva.

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