La socialización en niños de 8 a 12 años

Cuando nuestros hijos entran en la segunda etapa de primaria y principios de secundaria entran en juego algunos factores tremendamente importantes. Uno de ellos es ‘la capacidad de adaptarse a un grupo y hacer amistades’. Es decir, los amigos empiezan a ser una de sus prioridades dejando un poco más de lado el ámbito familiar. Con ello también empiezan a pesar las opiniones que tienen los demás sobre nosotros.

Así, cuestiones como las burlas, por alguna condición física, por la forma de hablar, por tener un poco más de peso, por no ser bueno en algún deporte… Todo ello pueden provocar reacciones impredecibles en los niños incluso problemas de aislamiento con respecto a sus amigos o, peor aún, odiándose a sí mismos por ser como son.

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Las claves para una buena socialización en niños

Las herramientas que se ganan con una educación inteligente a nivel emocional, se ponen en juego cuando hablamos de la socialización de nuestros hijos, de cómo conseguir hacer amigos.

La capacidad para hacer amigos:

Lógicamente, las amistades son necesarias para los niños puesto que les aportan lo que no obtienen del resto de las relaciones y no pueden elegir los padres.

Lo que sí pueden hacer los padres es ayudarles a estar preparados para entablar relaciones positivas con los demás

La relaciones con sus amigos a esta edad empiezan a ser una de sus mayores recompensas. Son su fuente de alegría, de creatividad, de intercambio de vivencias, de enriquecimiento… Pero cada niño no puede ser amigo de todo el mundo. Aquí los padres pueden hacer un gran trabajo, ayudando a sus hijos a elegir a sus amigos y a mantener y explicar todo lo relativo a la amistad.

¿Tu hijo/a tiene problemas de socialización?

Cómo hacer amigos

Que abran bien los ojos, que no se encasillen en lo que ellos supongan que debe ser un amigo. Hay que ver a los demás tal y como son , ver qué pueden ofrecer, cuáles son sus intereses, cuáles son sus valores, en qué les podemos ayudar y en qué nos pueden ayudar a nosotros.

Proporcionar oportunidades a los hijos

Los padres podemos provocar situaciones en las que nuestros hijos conozcan a otros niños, más allá de los compañeros de clase. Pueden ser niños que formen parte de algún club o los hijos de nuestros amigos.

Ayudar a nuestros hijos a ponerse los zapatos de los otros

Hay que explicar a nuestros hijos cómo repercuten en los demás nuestras acciones. Cómo algunas de nuestras reacciones pueden atraer o separar a los demás. ¿Qué situaciones podemos trabajar con ellos?

  1. ¿Mantenemos las promesas que hacemos?
  2. ¿Escucho a los demás cuando me hablan?
  3. ¿Sé pedir perdón si he hecho daño al otro?
  4. ¿Cambio de planes para ayudar a un amigo?
  5. ¿Hablo mal de mis amigos?
  6. ¿Sé lo que les gusta y lo que no les gusta a mis amigos?
  7. ¿Comparto mis problemas con ellos?

Podríamos sentarnos a hablar con nuestros hijos de la importancia de cada uno de estos rasgos. El hecho de establecer relaciones positivas y valiosas es muy enriquecedor. A estas edades pasa a ser un pilar importante en su crecimiento emocional, en su maduración.

Cuando nuestros hijos traigan un problema debemos ayudarles a ponerse en los zapatos del otro, antes de dejarnos convencer de lo malos que son los demás y lo buenos que son ellos.

Actitudes que les impiden tener amigos.

No podemos enumerar todas las razones que impiden a nuestros hijos tener buenos amigos pero las vamos a repasar por encima algunas de ellas:

«Yo soy diferente». Y como soy diferente a los demás, no puedo estar con ellos. De hecho, soy mucho mejor que ellos o, tal vez,  soy mucho peor que ellos. Así que si me mantengo apartado de ellos, no llegarán a saberlo y me dejarán en paz.

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«¡Dios mío, qué horror!». No me invitaron a esa fiesta a la que fue toda la clase, eso significa que no les gusto, que me odian… Nunca llegaré a tener amigos y eso nunca va a cambiar. Todo el mundo se va a enterar y todo el mundo se burlará de mi.

«¡No es mi culpa!». Se portan siempre muy mal, no quiero estar con ellos. Se han enfadado y no sé por qué. Yo les dije todo lo que pensaba pero no sé por qué se tenían que enfadar.
Fui el primero en empezar a comer la tarta de cumpleaños, es que tenía mucha hambre y no esperé a que la empezara el niño del cumpleaños pero… ¿Qué podía hacer si tenía hambre?

«¡Me quedo callado!». Mejor no contesto a lo que ellos me preguntan porque posiblemente meteré la pata y pensarán que soy un niño raro o se burlarán de mi, creerán que soy idiota.
No sé cómo sentarme ni cuándo hablar y cuándo callarme. No sé si llevo la ropa adecuada, mejor me quedo callado.

«Tal vez lo intente esta vez». Voy a levantarme, voy a cruzar el patio y a preguntar si puedo jugar con ellos, pero…. ¡Uf! ¡No puedo hacerlo! Me quedo paralizado, me pongo nervioso y me sudan las manos.

«Sé que no va a funcionar». Nunca estarán de acuerdo conmigo, mejor me quedo solo. De hecho, ¿para qué les necesito? Así es como yo soy, me gusta estar solo.

Cuando nuestros hijos entran en este diálogo, en cualquiera de los casos que hemos mencionado, lo primero que podemos hacer los padres es aportar el punto de vista radicalmente opuesto al de ellos.

Los padres tienen que enseñarle, a través de los ejemplos, cómo son los niños. Que hay niños buenos que, aunque digan algo inapropiado, al día siguiente lo han olvidado.

Enséñales a que expresen sus pensamientos con palabras, ayúdales a practicar en casa para que cojan confianza en sí mismos, enséñales a que sean capaces, dales indicaciones y consejos que les generen autoconfianza. Algunos niños le resulta más fácil que otros.

Hazles hablar, escúchales con respeto, que expresen sus emociones y, sobre todo, la otra cara de la moneda: enséñales a responder sin reaccionar, a incluir, a ser valiente, a ayudar al que lo necesita, a defenderse cuando haga falta, a perdonar y a perdonarse.

¿Tienes dudas? Escríbeme un mail o si quieres déjamelas en comentarios.

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