Mensajes erróneos a la hora de educar a nuestros hijos

«¡Sé lo estoy diciendo por su bien! ¡Es que te empeñas en hacerme enfadar cada día! ¡Siempre estás igual! ¡Es que no te enteras de lo que te estoy diciendo! ¡Me tienes harto!» ¿Te suenan estas frases? En ocasiones, perdemos los nervios ante situaciones o actitudes concretas que tienen nuestros hijos y les decimos cosas que realmente no pensamos o sentimos.

Por tanto, en el post de hoy voy a intentar resumir algunos de los conceptos o mensajes erróneos que tenemos a la hora de educar a nuestros hijos.

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Los niños no son pequeños adultos

Muchas veces damos por hecho que si el niño tiene una determinada información, tiene que actuar de acuerdo a esa información. Ahora pregúntate a ti mismo:

  • ¿Cuántas veces después de haber comprendido algo actúas de la forma contraria?
  • ¿Cuántas veces haces realmente lo que debes, aunque no sea lo que quieres?

No olvides que tu hijo es pequeño y tiene que pasar por muchas etapas de aprendizaje. También es posible que los niños todavía no sepan autorregularse de forma adecuada, ¿podemos, en estos casos, exigirles que lo hagan? No podemos esperar que nuestros hijos sean sensatos.

Darles información sobre las conductas que no nos parecen bien

Es, por supuesto, imprescindible que les expliquemos porque sus conductas no nos parecen bien para que vayan comprendiendo la información que les damos y la vayan integrando para que lo comprendan y lo escuchen.

Tu obligación es darle esa información las veces necesarias y de la forma adecuada y la obligación de tu hijo está en procesar esa información que, poco a poco, irá automatizando. Esto hará que vaya comprendiendo, poco a poco, el motivo de tus explicaciones.

Por eso, es importante ayudarles a que repitan las conductas adecuadas la mayor cantidad de veces posible para que lo vayan incorporando en su repertorio habitual

¿Tienes dudas?

Ponernos en su lugar

Debemos ponernos en el lugar de niños y adolescentes. ¿Crees que le gusta más o le apetece más hacer los deberes que jugar? Tendrás que explicarle que lo entiendes, que es normal que tenga ese deseo de jugar y que, por eso, le quieres ayudar para que haga los deberes lo antes posible y tenga más tiempo para irse al parque.

«¡Verás que bien! Porque seguro que te da tiempo si los terminas ahora». Todo esto si se lo dices con una sonrisa, reforzarán aún más el mensaje.

No podemos dejar de decirles que les comprendemos, a pesar de que no les apetece, tendremos que darles la información y la motivación para que consigan modificar sus conductas.

Se sentirá muy bien cuando termine los deberes y pueda disfrutar de su tiempo de juego.

¿Demasiadas explicaciones?

Después de unos breves instantes escuchándote, tu hijo va a desconectar. Tú le quieres dar mucha información, pero él solo está preparado para que le des información de forma breve y concreta.

Por lo tanto, antes de hablar con él, piensa exactamente cuál es el mensaje que le quieres transmitir para ser concreto y decírselo en una o dos frases. Si te extiendes demasiado dejará de escucharte y no estará recibiendo la información que tú le quieres transmitir.

No te dejes llevar por tus emociones

Si nos dejamos llevar por lo que sentimos, vamos a tener conductas fuera de lugar y que no estarán alineadas con los objetivos que tenemos. Es decir, estaremos perdiendo la oportunidad de educar correctamente y convertiremos la situación en algo desagradable y probablemente perjudicial para nuestro hijo.

Para darte cuenta de lo que sientes es necesario que te retires y eso no es negativo porque así podrás tranquilizarte y evitarás perder el control y aprenderás a regularte.

Los niños desde pequeños observan lo que hay alrededor, en casa, y van tanteando el terreno para ver cómo pueden conseguir hacer lo que quieren, para ver hasta dónde pueden tirar del hilo sin que salte mamá o papá. Con ello quieren intentar tener control sobre la situación de la familia y sobre la situación del mundo en el que están viviendo.

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Tener el control

Todos queremos tener el control aunque no pensemos en ello. Esto no es malo, ya que tener el control puede ser muy adaptativo. Pero esto da lugar, a su vez, a dos problemas.

Cuando intentamos controlar el medio que nos rodea, utilizamos conductas desadaptativas. Por ejemplo, si queremos saber si nuestros padres están disponibles emocionalmente para nosotros o incluso físicamente, solo tenemos que portarnos mal y esto hará que nos presten atención. Por eso, cuando vemos que nuestros niños necesitan de nuestra atención, tendremos que demostrárselo sin que tenga que acudir a ese tipo de conductas y darles la seguridad que necesitan, anticipándonos.

A pesar de eso, nuestros hijos pueden sentirse inseguros y/o que les falta suficiente atención o cariño. No vas a conseguir disipar sus dudas y darle seguridad enfadándote porque piensas que su conducta es inadecuada y no tienes que dar una respuesta agresiva, gritando o castigando para enseñarles. Detrás de una pataleta o de una rabieta hay que entender qué es lo que hay y qué es lo que necesitan.

La queja

¿Pensamos que quejarnos hará que nuestros hijos cambien de comportamiento porque vamos a intimidarles o a despertar empatía?

Nos equivocamos radicalmente. Es más, la queja, muchas veces, enmascara sentimientos de culpa. De culpa proyectada en nuestros hijos que: ¡Son los responsables de nuestro mal humor y eso no nos deja vivir y no nos deja trabajar! Ese sería un ejemplo de queja.

La queja genera tensión en nuestros hijos, ya que les estamos transmitiendo: «siempre lo haces fatal, no sé qué hacer contigo y ya no te aguanto más…» Esto es lo que entrelíneas puede leer tu hijo y esto es lo que él va aprender a hacer si tú lo utilizas como herramienta habitual para educarle.

En resumen, lo que no funciona:

  1. Tratar a los hijos como si fueran adultos.
  2. Darles largas charlas.
  3. Responder desde el enfado.
  4. Quejarse.

¿Tienes dudas? Déjamelas en comentarios o si prefieres escríbeme un mail.

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