¿Por qué uno niños afrontan mejor que otros las dificultades? la respuesta es la flexibilidad psicológica que tiene cada uno. Todos los niños experimentan miedo, frustración, tristeza, vergüenza o inseguridad en algún momento de su vida. También tienen pensamientos negativos sobre sí mismos, dudas o preocupaciones. Forma parte del desarrollo y no significa que exista un problema psicológico.
Sin embargo, hay niños que consiguen recuperarse con relativa facilidad después de una dificultad, mientras que otros quedan atrapados durante mucho tiempo en aquello que sienten o piensan.
¿Por qué ocurre esto?
La diferencia no suele estar en las circunstancias que viven, sino en la forma en que aprenden a relacionarse con ellas.
Aquí es donde entra en juego un concepto fundamental dentro de la psicología actual: la flexibilidad psicológica.
¿Qué es la flexibilidad psicológica?
La flexibilidad psicológica es la capacidad de aceptar aquello que sentimos o pensamos sin que esas emociones o pensamientos dirijan nuestra vida.
No significa resignarse ni dejar de intentar cambiar las cosas.
Significa aprender que sentir miedo, tristeza o inseguridad forma parte de la experiencia humana y que, aun así, podemos seguir avanzando hacia aquello que es importante para nosotros.
Un niño psicológicamente flexible no es un niño que nunca sufre.
Es un niño que, poco a poco, aprende que el malestar no tiene por qué impedirle vivir, aprender o relacionarse con los demás.
El problema no son las emociones
Como padres, es muy frecuente que queramos evitar que nuestros hijos sufran.
Cuando les vemos tristes, frustrados o preocupados, nuestro impulso natural es intentar que esas emociones desaparezcan cuanto antes.
Sin embargo, las emociones no son el enemigo.
El miedo nos protege.
La tristeza nos ayuda a adaptarnos a las pérdidas.
La frustración nos impulsa a buscar nuevas soluciones.
Todas tienen una función.
El problema aparece cuando el niño aprende que sentir determinadas emociones es algo intolerable y que debe hacer cualquier cosa para evitar experimentarlas.
Cuando intentamos escapar de lo que sentimos
Imaginemos que un niño suspende un examen y piensa:
«Soy muy malo estudiando.»
O que otro niño no quiere participar en una actividad porque cree:
«Todos se van a reír de mí.»
Estos pensamientos aparecen en prácticamente todos los niños en algún momento.
Lo importante no es que aparezcan.
Lo importante es qué hacen con ellos.
Algunos consiguen relativizarlos y continúan intentándolo.
Otros empiezan a evitar cualquier situación que pueda volver a generarles ese malestar.
Es entonces cuando aparece lo que en psicología conocemos como evitación experiencial.
¿Qué es la evitación experiencial?
La evitación experiencial consiste en intentar escapar continuamente de las emociones, pensamientos o recuerdos que nos resultan desagradables.
A corto plazo produce alivio.
Si un niño tiene miedo de leer en voz alta y consigue evitar hacerlo, probablemente se sentirá mejor ese día.
Pero ese alivio tiene un coste.
Cada vez necesitará evitar más situaciones para no volver a sentir esa emoción.
Poco a poco, su mundo irá haciéndose más pequeño.
Evitar deja de ser una solución para convertirse en una limitación.
Cuando creemos que nuestros pensamientos son la realidad
Otro proceso muy frecuente es la fusión cognitiva.
Consiste en creer que todo lo que pensamos sobre nosotros mismos es cierto.
Si un niño piensa:
«Soy tonto.»
Puede empezar a comportarse como si realmente lo fuera.
Si piensa:
«Nunca voy a conseguirlo.»
Es posible que deje de intentarlo incluso antes de empezar.
El pensamiento deja entonces de ser una simple idea para convertirse en una verdad absoluta.
Y esa diferencia cambia completamente la forma en la que el niño actúa.
El círculo que alimenta el sufrimiento
La fusión cognitiva y la evitación experiencial suelen aparecer juntas.
El niño piensa:
«No soy capaz.»
Como ese pensamiento le hace sufrir, intenta evitar todas aquellas situaciones que podrían confirmarlo.
No participa.
No pregunta.
No prueba.
No se equivoca.
Y como deja de enfrentarse a nuevos retos, nunca descubre que sí podía hacerlo.
Sin darse cuenta, ese pensamiento termina haciéndose cada vez más fuerte.
Así se crea un círculo del que resulta muy difícil salir sin ayuda.
Cómo desarrollar la flexibilidad psicológica
La buena noticia es que la flexibilidad psicológica puede entrenarse.
No se trata de enseñar a los niños a pensar siempre en positivo ni de convencerles de que nunca tendrán miedo.
Se trata de ayudarles a relacionarse de otra manera con aquello que sienten.
Podemos hacerlo cuando:
- Validamos sus emociones sin intentar eliminarlas inmediatamente.
- Les enseñamos que un pensamiento no siempre es un hecho.
- Les permitimos equivocarse sin convertir el error en un fracaso.
- Les animamos a seguir actuando aunque aparezcan el miedo o la inseguridad.
- Les ayudamos a descubrir que son mucho más que sus pensamientos.
¿Cómo ayuda la Terapia de Aceptación y Compromiso?
La Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) trabaja precisamente sobre estos procesos.
Su objetivo no es hacer desaparecer los pensamientos o las emociones difíciles.
Busca que el niño aprenda a relacionarse con ellas de una forma diferente.
Que deje de luchar constantemente contra aquello que siente y pueda centrar su energía en construir la vida que desea.
Cuando aumenta la flexibilidad psicológica, también mejora la capacidad para afrontar los retos, regular las emociones y adaptarse a las dificultades cotidianas.
Una habilidad que acompañará a tu hijo toda la vida
Los niños no necesitan aprender a vivir sin miedo, sin tristeza o sin frustración.
Necesitan descubrir que pueden seguir adelante incluso cuando esas emociones aparecen.
La flexibilidad psicológica les permite desarrollar una autoestima más sólida, afrontar mejor los cambios, tolerar la incertidumbre y sentirse más capaces para enfrentarse a los retos de la vida.
No elimina el sufrimiento, pero evita que el sufrimiento termine limitando su crecimiento.
Conclusión
Todos los niños experimentan pensamientos difíciles y emociones incómodas.
Lo que marcará la diferencia no será evitar que aparezcan, sino enseñarles a convivir con ellas sin que condicionen su vida.
Ayudar a nuestros hijos a desarrollar flexibilidad psicológica es enseñarles una habilidad que les acompañará durante toda su vida: la capacidad de seguir avanzando incluso cuando el camino no resulta fácil.
¿Necesitas ayuda?
Si notas que tu hijo se bloquea ante las dificultades, evita constantemente determinadas situaciones o le cuesta gestionar pensamientos y emociones que limitan su bienestar, una intervención temprana puede marcar una gran diferencia.
Katia Aranzábal – Psicóloga Infantil y Juvenil
📍 C/ Valle de Tormes 2, Local 56
28660 Boadilla del Monte (Madrid)
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