Acompañar a un adolescente es uno de los mayores retos a los que se enfrentan las familias. En esta etapa aparecen conflictos, discusiones, silencios, enfados y situaciones que nos desbordan emocionalmente.
Por eso hoy quiero hablarte de una herramienta fundamental para tomar conciencia de cómo se construye la relación con nuestros hijos adolescentes y, sobre todo, de qué parte de ese proceso sí está en nuestras manos cambiar.
Para entenderlo mejor, vamos a analizar cinco etapas que se dan en nuestro comportamiento ante cualquier situación cotidiana.
1. Las circunstancias: lo que no podemos cambiar
Las circunstancias son los hechos objetivos. Son situaciones externas que ocurren y que, muchas veces, no dependen ni de nosotros ni de nuestros hijos.
Un suspenso, una mala contestación, una dificultad académica o un problema con amigos son ejemplos de circunstancias.
No podemos cambiarlas una vez han ocurrido.
Lo que sí podemos cambiar es cómo nos relacionamos con ellas.
2. El pensamiento: el verdadero punto de inflexión
El pensamiento es una herramienta muy poderosa. De hecho, podríamos decir que es un auténtico “superpoder”.
Se estima que tenemos alrededor de 60.000 pensamientos al día, y la mayoría son automáticos, repetitivos y basados en experiencias pasadas.
Aquí aparece una pregunta clave:
¿Y si pudiéramos enseñar a nuestros hijos —y a nosotros mismos— a observar esos pensamientos sin dejarnos arrastrar por ellos?
Aprender a verlos, cuestionarlos y dejarlos pasar abre la puerta a una realidad emocional mucho más saludable.
3. Los sentimientos: no nacen de lo que pasa, sino de lo que pensamos
Muchas veces creemos que nuestros hijos “nos enfadan”.
Sin embargo, no son sus conductas las que generan nuestras emociones, sino los pensamientos que tenemos sobre esas conductas.
No te enfada tu hijo.
Te enfada lo que piensas acerca de lo que ha hecho.
Y esto es clave, porque si cambian los pensamientos, cambian también las emociones que sentimos.
4. La reacción: cuando actuamos desde la emoción
La reacción es la respuesta que damos a esos sentimientos.
Si sentimos enfado, miedo o ansiedad, es más probable que gritemos, castiguemos o discutamos.
No porque queramos hacerlo mal, sino porque estamos reaccionando desde la emoción, no desde la calma.
5. Los resultados: el impacto en la relación
Toda reacción tiene consecuencias.
Por ejemplo, si respondemos desde el enfado constante, el adolescente puede dejar de confiar en nosotros y sentir que no puede acudir a su familia con serenidad.
Y aquí es donde muchas relaciones se resienten.
Un ejemplo práctico: el suspenso
La circunstancia:
Tu hijo ha suspendido una evaluación. No se puede cambiar.
Pensamiento automático:
“Es un vago, no se esfuerza, está todo el día con el móvil, le va a ir mal.”
Sentimientos:
Desesperación, enfado, preocupación, ansiedad.
Reacción:
Castigo, reproches, discusiones.
Resultado:
Tu hijo pierde motivación, se distancia emocionalmente y la relación empeora.
Darle la vuelta al proceso
La circunstancia sigue siendo la misma: ha suspendido.
Pero el pensamiento cambia:
“Aún no está preparado para asumir esta responsabilidad. Tiene preocupaciones que le desbordan y eso le confunde.”
Sentimientos:
Paciencia, calma, esperanza, empatía.
Reacción:
Hablas con él, preguntas qué le preocupa, le ofreces ayuda y le transmites confianza.
Resultado:
Tu hijo aprende que puede contar contigo. El vínculo se fortalece.
¿Notas la diferencia?
Muchas veces convertimos las situaciones en problemas por la forma en que las interpretamos.
Y sí, aprobar es importante.
Pero mantener una relación sana con nuestros hijos lo es aún más.
Para lograrlo, necesitamos mirarnos a nosotros mismos, ser objetivos y ponernos en su lugar.
Recuerda tu propia adolescencia.
¿Nunca suspendiste? ¿Nunca te equivocaste?
Cuando conectamos con esa parte de nuestra historia, la empatía aparece de forma natural.
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Y si tu hijo o hija presenta dificultades emocionales, de motivación o rendimiento escolar, no dudes en consultarme.
Estaré encantada de acompañaros.
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