Durante el verano es normal que los horarios cambien. Los niños se acuestan más tarde, se levantan sin despertador, hacen más planes al aire libre y las rutinas familiares se vuelven mucho más flexibles. Son semanas necesarias para descansar, disfrutar y romper con el ritmo del curso escolar.
Sin embargo, cuando agosto termina y la vuelta al colegio empieza a acercarse, muchas familias descubren que recuperar los horarios habituales no resulta tan sencillo.
Niños que no tienen sueño cuando llega la hora de acostarse, dificultades para despertarse por la mañana, irritabilidad, cansancio durante el día o problemas de concentración son algunas de las situaciones más frecuentes durante esos primeros días.
La buena noticia es que el organismo necesita muy poco tiempo para volver a adaptarse cuando hacemos los cambios de forma progresiva y respetamos el ritmo de cada niño.
¿Por qué cuesta tanto volver a dormir pronto?
Nuestro cuerpo funciona gracias a un reloj biológico interno que regula los ciclos de sueño y vigilia.
Durante el verano, ese reloj también cambia.
Si durante varias semanas un niño se acuesta una o dos horas más tarde de lo habitual, su organismo termina adaptándose a ese nuevo horario. Por eso, cuando intentamos volver de un día para otro al horario escolar, es habitual que no consiga dormirse aunque esté tumbado en la cama.
No se trata de que no quiera dormir.
Simplemente, su cuerpo todavía no entiende que ha llegado el momento de hacerlo.
Por eso es importante evitar las prisas y comenzar a recuperar los horarios unos días antes del inicio de las clases.
¿Cuándo conviene empezar?
Lo más recomendable es iniciar el cambio entre una y dos semanas antes de la vuelta al colegio.
No es necesario hacerlo de forma brusca.
Pequeños cambios diarios suelen ser mucho más eficaces que intentar adelantar el horario varias horas de golpe.
Acostar al niño quince o veinte minutos antes cada día y adelantar también la hora de levantarse permite que el organismo vaya reajustándose de manera natural.
Este proceso suele resultar mucho menos estresante para toda la familia.
La rutina de la noche también ayuda
El sueño no empieza cuando apagamos la luz.
Empieza mucho antes.
Nuestro cerebro necesita señales que le indiquen que el momento de descansar se está acercando.
Por eso resulta tan útil establecer una rutina tranquila que se repita cada noche.
Una ducha templada, preparar la mochila para el día siguiente, leer un cuento, conversar unos minutos sobre cómo ha ido el día o escuchar música relajante ayudan a disminuir la activación y favorecen que el sueño aparezca con mayor facilidad.
Lo importante no es hacer muchas cosas, sino que esas actividades transmitan calma y se repitan con cierta regularidad.
Pantallas y descanso: una combinación poco recomendable
Durante las vacaciones suele aumentar el tiempo que los niños pasan utilizando pantallas.
Sin embargo, la luz que emiten los dispositivos electrónicos dificulta la producción de melatonina, una hormona fundamental para iniciar el sueño.
Por este motivo, conviene evitar móviles, tabletas, videojuegos o televisión al menos durante la última hora antes de acostarse.
No se trata únicamente de la luz.
También influye el tipo de contenido que consumen. Los videojuegos, vídeos rápidos o contenidos muy estimulantes mantienen el cerebro en alerta justo cuando necesitamos que empiece a relajarse.
Dormir bien también mejora el aprendizaje
El descanso no solo sirve para recuperar energía.
Mientras dormimos, el cerebro organiza la información aprendida durante el día, consolida la memoria y favorece procesos fundamentales para el aprendizaje.
Cuando un niño duerme menos de lo que necesita puede mostrarse más irritable, tener mayor dificultad para concentrarse, cometer más errores o sentirse menos motivado para afrontar las tareas escolares.
Por eso, recuperar una buena rutina de sueño es una de las mejores formas de preparar la vuelta al colegio.
¿Y si mi hijo dice que no tiene sueño?
Es una situación muy frecuente.
En lugar de convertir ese momento en una discusión, puede ser útil mantener la rutina con tranquilidad.
Aunque tarde unos minutos más en dormirse, el simple hecho de permanecer en un ambiente relajado y con poca estimulación ayuda al organismo a adaptarse.
Cuanta más presión pongamos para que se duerma, más activación emocional aparecerá y más difícil resultará conciliar el sueño.
La importancia del ejemplo
Los niños aprenden observando.
Si en casa toda la familia mantiene unos horarios razonablemente estables, reduce el uso de pantallas antes de dormir y convierte la noche en un momento tranquilo, será mucho más fácil que ellos también interioricen esos hábitos.
Las rutinas familiares no solo organizan el tiempo.
También aportan seguridad.
Y esa sensación de previsibilidad ayuda a que la adaptación al nuevo curso sea mucho más sencilla.
Un cambio que merece la pena
Recuperar las rutinas de sueño después del verano no consiste únicamente en acostarse antes.
Es una forma de preparar al niño para afrontar con más energía, mejor estado de ánimo y mayor capacidad de atención el inicio del nuevo curso.
No hace falta buscar la perfección.
Pequeños cambios mantenidos durante varios días suelen ofrecer mejores resultados que los grandes cambios impuestos de un día para otro.
Con paciencia, constancia y acompañamiento, la mayoría de los niños recuperan rápidamente sus hábitos de descanso y afrontan la vuelta al colegio con mucha más tranquilidad.
¿Necesitas ayuda?
Si notas que tu hijo mantiene dificultades importantes para dormir, el cansancio está afectando a su bienestar o la vuelta al colegio le está generando ansiedad, una intervención temprana puede ayudarle a adaptarse de forma más saludable.
Katia Aranzábal – Psicóloga Infantil y Juvenil
📍 C/ Valle de Tormes 2, Local 56, 28660 Boadilla del Monte (Madrid)
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