¿Cuántas veces hemos escuchado de la boca de nuestros hijos la frase «no puedo»? Cuando nuestros hijos utilizan esta frase es necesario que nosotros les transmitamos seguridad, ya que podemos estar ante un momento de frustración para ellos.
Con esta expresión, los niños han considerado que no tienen capacidad para seguir adelante y eso probablemente habrá tocado su autoestima y están definiendo su conducta de lo que significa para ellos: «no puedo».
Nuestra actitud ante ello es intentar dar la vuelta reequilibrando la situación en la que se encuentran y enseñándoles la otra cara de la moneda. Mostrándoles cuáles son sus capacidades y su auténtica dimensión, ya que están tocados emocionalmente al decir «no puedo». Nuestra ayuda también debe ir dirigida actuar en este plano. Podemos, a lo mejor, darles un abrazo cálido, lleno de cariño y con algunas palabras de apoyo.
Tres ejemplos de frustración en los que utilizan la frase: «No puedo»
Matías es un niño que está intentando montar un camión. Es un niño de siete años muy independiente al que le gusta hacer las cosas solo y hacerlas bien.
Sin embargo no es capaz de encajar las dos últimas piezas y después de intentarlo durante un largo rato, se le rompen. Entonces, tira el camión con furia contra la pared y se echa llorar gritando: «No puedo».
En esta situación, Matías, en un principio, se llena de rabia y, más tarde, se siente muy mal, se siente fracasado.
Los padres, en primera instancia, no debemos actuar porque cuando el niño está lleno de rabia, no aceptará ninguna información. Además es importante que el niño se desahogue y bloquear ese proceso no será beneficioso.
Cuando la rabia ya se transforma en disgusto, entonces es cuando podemos intervenir. Podemos intentar tranquilizarle con un abrazo y unas pocas palabras pero debemos pensar en la raíz del problema. Y es que el origen está en que Matías no está acostumbrado a perder, ya que es un niño autónomo, al que le suelen salir las cosas bien. Está acostumbrado a ganar.
En ese sentido, nuestra ayuda tendría que ir orientada a enseñarle que tenemos que tolerar los fracasos, sin que eso nos dañe nuestra autoestima o nos haga pensar que nuestra valía personal es menor. Debemos transmitirle que ninguna experiencia es inútil y que todas nos aportan una enseñanza.
Muchas veces, esta lección la podemos dar con nuestro ejemplo que es la forma más directa de enseñar tolerancia a la frustración y aceptación del fracaso.
Vamos con la segunda situación:
Elena es una niña muy tímida, miedosa y un poco perezosa, aunque por supuesto tiene muchos valores: es una niña muy inteligente, muy sensible y con muy buen carácter.
Sus padres le regalan un puzle por su cumpleaños. Cuando su madre le ve un día sin hacer nada en el sofá le dice: «¿No te apetece intentar montar el puzle que te regalamos?»
Elena contesta: «¡Para que lo voy a intentar, si no me va a salir!»
En esta situación Elena, antes de empezar da la batalla por perdida. Aquí nuestra fase de intervención puede ser más prolongada, ya que deberíamos reforzar todos sus éxitos conseguidos y deberíamos trabajar animándole a intentarlo.
En este caso, la enseñanza que debemos darle debería ir dirigida a que descubra el placer de enfrentarse a los nuevos retos, a probar nuevos problemas, nuevas sensaciones, metas… Y muchas veces ayuda, al principio sobre todo, hacerlo con ellos con mucha delicadeza y mucho cariño. Inculcarles, en definitiva, el placer de probar. Seguidamente, poco a poco nos podemos ir retirando para que lo haga ella sola.
Finalmente, vamos con la tercera situación:
Luis está aprendiendo a ir en bici. Hasta hace poco, la llevaba con ruedines, pero su padre ya se los ha quitado. Ahora está en la parte de atrás de su casa, que es un calle sin peligro, probando a ir en bici.
Se ha caído 1000 veces, se ha dado contra la pared, sale sin controlar la dirección… Finalmente, casando deja la bici tirada en el suelo, se pone a llorar y dice con rabia: «¡Mamá, no puedo!»
En esta situación, tenemos un problema muy objetivo y es que ir en bici exige mucha coordinación y puede resultar difícil.
Hay niños que tienen más facilidad que otros y hay que hacerle entender que no debe dudar de sí mismo ni de su capacidad, sino simplemente aprender a parar y a descansar para seguir intentándolo otro día. Las experiencias de hoy, sin duda, han sido muy positivas y no han sido un fracaso.
La frustración unida al fracaso
Cuando el niño se enfrenta a un problema que le hace utilizar determinadas cualidades para las que tiene una gran predisposición, lo solucionará fácilmente y de forma divertida. Sin embargo, cuando no tiene esa facilidad, le costará mucho esfuerzo.
El hecho de que nuestros hijos se sientan capaces es lo que va a hacer que se sientan seguros
Es muy importante enseñarles a que adquieran la sensación personal acerca de su capacidad para que se consideren «capaces». Así como el hecho de que vean que los fracasos traen siempre un aprendizaje. Y desde luego, no debemos olvidar que cada niño es un mundo con unas cualidades especiales.
El éxito o el fracaso son etiquetas que nosotros ponemos a las experiencias, son juicios. Si conseguimos enseñar a los niños este esquema, pronto se acostumbrarán a transformar los fracasos en éxitos
No debemos pensar que todos deben hacer las cosas de la misma manera o que nuestros hijos deben hacer cosas que nosotros no pudimos hacer.
Nosotros debemos brindarles la posibilidad de descubrir y probar la mayor cantidad posible de sensaciones, de retos, de aprendizajes y de vivir todas las situaciones posibles, para que luego cada uno de ellos vea dónde están sus talentos y cuáles de esas actividades quiere cultivar y le producen mayor satisfacción.
Y no lo olvides, cada niño es un mundo, es único y nace con unas cualidades especiales.
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